A lo lejos, en el horizonte se divisa la silueta de una caravana, nace tímidamente en el manto de oscuridad una tenue luz que parece querer escapar de aquel montón de chatarra y recorrer la solitaria, fría, vieja carretera, besando cada linea discontinua, casi borradas por el inminente paso del tiempo, al cual todo esta sometido. Un pie reposa en el marco de la ventana. La tranquilidad reina en aquel paradero. El cálido silencio se quiebra, un relámpago anuncia la llegada de una tempestad, una gota cae y resbala por la cortina, que se mueve levemente con el aire, hasta acabar muriendo en su piel. Haciéndole cosquillas. Abre los ojos. Comienza a llover con contundencia, se pone en marcha la suave y relajante melodía que acompaña el caer del agua, que susurra en el oído del metálico techo del vehículo, dejándose llevar hasta llegar al suelo, desapareciendo, dejándose absorber por la tierra, humedeciendo el asfalto. Abre medio dormida la cortina, refregándose los ojos, la fría brisa nocturna le recibe erizándole la piel, ve que llueve.
No hace falta decir nada, los otros dos ya se han levantado, para contemplar los tres la lluvia. Los codos se tocan, ellas apoyan la barbilla sobre sus manos, cual animalito domestico, absorto con el fenómeno atmosférico. A él ya le va bien estar de pie. Ella quiere tocar el fluido que desecha el cielo, pero el toldo es demasiado extenso como para que pueda, siquiera apenas con la yema de los dedos. Con una sonrisa en sus labios, él abre la puerta y se sienta en los escalones, ellas le siguen. Extienden las manos, treinta dedos dispuestos a mojarse se estiran hasta más allá de del toldo.

Viviendo la lluvia bajo el techo de un montón de chatarra. Escuchando la música que me pueda ofrecer la carretera, los silencios que pueda haber en mi camino. Quizás no sea así, a lo mejor es un sueño demasiado grande, pero que importa. Vivir, voy a vivir seguro, al menos, la lluvia, aunque sea sola.